La farsa de la No-violencia: V- El después de las “revoluciones”: dictaduras de colores. - Cultura Socialista

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martes, 3 de noviembre de 2015

La farsa de la No-violencia: V- El después de las “revoluciones”: dictaduras de colores.

La farsa de la No-violencia.

                       De las revoluciones de colores al renacer del fascismo.                      


Jeison Rondón.

V- El después de las “revoluciones”: dictaduras de colores.
Unas de las principales lagunas en la mitología de las revoluciones de colores la constituyen los hechos posteriores a su triunfo.
Para dilucidar estas omisiones nada inocentes resulta ilustrativo examinar los casos de los países hasta ahora abordados del área ex soviética. Eso sí, cabe señalarse previamente que una de las principales mentiras de la mass-mediática occidental fue la de presentar a todos estos gobierno derrocados como un frente monolítico de tiránicos títeres de Moscú. Nada más lejos de la realidad, todos estos gobiernos estuvieron en excelentes términos con Estados Unidos (En Georgia Chevarnadze  propone el ingreso a la Otan, Ucrania siempre definió su política de cara a Europa occidental, Kirguistán mantenía sus finanzas gracias a una base militar alquilada a EE.UU), pero diversas crisis internas, económicas y políticas, hacen que estos estados, o nunca se declaren abiertamente anti-rusos o cambien posteriormente su posición hacia un acercamiento con el Kremlin.
                                            
Estas antiguas repúblicas del “socialismo real” presenciaron  el ascenso de nuevos gobiernos que proclamaban la “democracia real”, curiosa democracia que bien vale la pena analizar.

Estas democracias “reales”  parecen simbolizarse por la inundación de mercancía norteamericana en los mercados locales en perjuicio de otras manufacturas. Y es que el primer paso de los nuevos gobiernos, la supeditación económica al mercado norteamericano y europeo, demostró su carácter de empresas neocoloniales. Estos países, a pesar de sus más de veinte años de independencia, no han  dejado de ser en lo económico lo que han sido desde tiempo de los zares, meras provincias exteriores de Rusia. El grueso de sus burguesías se formó en Moscú, ya sea desde el viejo estado soviético en descomposición o desde los diversos círculos mafiosos asociados al mismo. El alejamiento forzado de Rusia privó a estos países de la principal fuente de sus relaciones económicas. En cuanto a Georgia la decisión de cerrar el comercio con Rusia a favor de occidente llevó  a la quiebra a gran parte de una nación netamente agrícola, sin recursos mineros ni industria consolidada, cuyos productos sólo eran solicitados por el mercado ruso. En todos los casos las balanzas comerciales giraron drásticamente a favor del capital foráneo desinflando las economías a paso acelerado.

 Mención especial requiere Ucrania, puente entre Europa y Rusia, cuya riqueza se basa en gran parte en la reventa de gas del Cáucaso ruso a occidente. En dicho país los campos se dividen entre una burguesía de Kiev, vinculada de manera mafiosa al gas y al capital de la UE, y por otro lado la burguesía de las provincias orientales, heredera de la tradicional potencia agrícola ucraniana y del gran parque industrial de la época socialista; políticamente vacilante esta última por su deseo de acercase a la esfera de negocios de Europa sin romper sus lazos con Rusia. El carácter atlantista del gobierno naranja agudizó las contradicciones minando la estabilidad gubernamental.

Ante esto las crisis no tardaron en aparecer y la reacción popular se tornó en grave preocupación. Estos gobiernos compuestos por arribistas podían ser víctimas de los mismos argumentos utilizados por ellos mismos en contra de la antigua institucionalidad. Luego de que se había movilizado a un sector de la población para desconocer la legalidad imperante no se podía recurrir muy fácilmente al pretexto de la legitimidad del gobierno.

George W Bush y Mijaíl Saakashvili,
presidente de la Georgia tras la "revolución" de las rosas.
Tres fueron las soluciones. Primero se intentó mantener a como dé lugar la hegemonía sobre las clases medias, motor de las revoluciones, haciéndose ver como garantes de un modo de vida occidental más a gusto de las aspiraciones de dicho sector, modo de vida auspiciado en detrimento del resto de la población. Otra salida la constituyó el viraje a formas de república parlamentaria con el fortalecimiento desmedido e inconstitucional de las atribuciones del parlamento por sobre el ejecutivo y el judicial, dichos cambios, presentados como la garantía contra nuevas dictaduras, pretendían por el contrario diluir el poder decisorio del voto popular al hacer depender el gobierno de las alianzas y coaliciones de los diversos partidos. En Georgia, dado que allí se consolidó el poder personal de Mijail Saakashvili, abogado graduado en EE.UU, y su séquito de agentes de la USAID, demostró en su forma más pura la tercera salida a la presión popular; la creación de la figura del enemigo único, en este caso Rusia y los calificados “subpueblos” de Abjasia y Osetia del sur, para acusarlo de todos los males e instaurar un estado policial que persigue sin piedad toda oposición, acusada de ser agente de dicho enemigo.

Pero el elemento que quizás haya dejado mayor marca en estos países fue la explosión del odio étnico. En la Antigua Unión Soviética convivían multitud de nacionalidades, lengua y culturas, que fueron alentadas a movilizarse y mezclarse, así todas las ex-repúblicas poseen alguna población de origen y lengua rusa, pero también armenios y lituanos, entre otros, se movilizaron ampliamente diseminándose por toda la antigua URSS, a la vez que los pueblos nómadas fueron reasignados a otras zonas para agruparse. Cada república tomó para sí parte de ese rompecabezas étnico al independizarse. Las revoluciones de colores significaron las guerras de Abjasia y Osetia del sur en Georgia, y una cruentísima guerra civil sin final a la vista, entre Uzbekos y Kirguises, en Kirguistán, a la vez que la siembra de la desconfianza hacia la población ruso parlante en Ucrania.


  La destrucción de las unidad nacional en lo económico, en lo político y en lo étnico, la imposición de poderes por sobre la instituciones legalmente constituidas que juegan con el panorama político a su antojo sin ningún control ciudadano, y la pérdida de soberanía en la relaciones exteriores, tal fue el saldo que tuvieron tan cacareadas “revoluciones democráticas”.

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